viernes, junio 19, 2009

Por qué sí voy a votar... en blanco



1. Porque a ningún político le interesa la gente. Lo único que buscan en sus patéticas y nefastas vidas es subir los escalones del poder hasta la máxima altura posible, sin importarles qué deban hacer para conseguirlo. Las propuestas son sólo parte de un discurso inagotable de falsedades y engaños, convierten las ideas en mercancías y tratan de vendérnoslas a toda costa para acumular ganancias, en este caso, poder político. Podemos verlo, claramente: el juego entre diputados, senadores, y demás funcionarios públicos, se centra no en el beneficio del pueblo, sino en quién tiene la razón, y quién puede más que el otro. Aplastarse entre ellos es su única diversión. Todos sueñan con algún día, estar por encima de alguien más. Si esto no fuera así, evidentemente, no fueran políticos, sino activistas, luchadores sociales, líderes de opinión, todos estos sujetos que en nuestro país se hacen invisibles, devorados por el sistema.

2. Porque demostrar la participación es importante. Si bien es verdad que para el IFE el voto nulo es como si no hubieras votado, no podrán dejar de mirar las papeletas anuladas acumulándose en una esquina de la mesa de conteo, se sacudirán al ver que la gente no está contenta. Debe ser considerado como un acto de denuncia individual, de lucha personal, de resistencia comunal, no como una fría estrategia política. No todos los ciudadanos estamos viciados, no todos tenemos artimañas oscuras para perjudicar a unos y beneficiar a otros, como creen los importantes "analistas" de los medios de comunicación y los sabiondos de las instituciones públicas. Es, en esencia, un acto de resistencia. De verdadera resistencia.

3. Porque no es verdad que se beneficia la ultraderecha. Eso es sólo un argumento para espantar a la gente que ha considerado seriamente votar en blanco. Supongamos que la campaña a favor de la anulación del voto funciona, y que la población votante que anuló es mayor a la que eligió algún partido. Incluso así, los partidos pequeños tendrían votos. El total de votos estaría conformado sólo por aquellos que eligieron, así que, si tienen una base de apoyo amplia, alcanzarían el porcentaje que necesitan, de cualquier manera. Si no, pues simplemente, que desaparezcan: así tendremos a menos gente a la cual mantener con nuestros impuestos, y menos partidos que destruir en el futuro cercano. Y supongamos que la campaña del voto en blanco no funciona. Seríamos unos cuántos locos desorientados que no sabemos lo que hacemos. Pero sentaríamos, al menos, las bases para un descontento generalizado contra el sistema democrático mexicano. Y eso, de aquí al 2012, va a poner a temblar a los políticos.

4. Porque en este país, no hay izquierda ni derecha, ni nada en medio. Las distintas alternativas políticas, a fin de cuentas, se aglutinan en una masa deforme, pusilánime, que no tiene pies ni cabeza. Por más radicales que puedan ser sus propuestas, por más progresistas que puedan sonar, y por más honestos y buenas personas que sean los candidatos (que no dudo que los haya... o bueno, sí lo dudo, pero nada es imposible), están completamente atados, subordinados a una estructura mucho mayor, mucho más compleja y mucho más pesada, que no sólo subsume a nuestro país, sino a todos los países del mundo. Hemos creado un sistema económico que nos terminará destruyendo, que nos exige más de lo que podemos ofrecer, que mata personas de hambre y de gripa. El sistema capitalista neoliberal, a estas alturas, es un sistema global, que no permite la autodeterminación de ningún país. El verdadero jefe supremo, el único rey y soberano del mundo, es don Dinero. Aquel que lo tenga, manda. Y mientras no hagamos una reformulación de los planteamientos que nos rigen, mientras no construyamos otra cosa distinta, no hay nada que podamos hacer, excepto resistir, cada uno desde su trinchera, cuestionando, argumentando, participando. Es un gran obstáculo que el capitalismo haya permeado todos los ámbitos de la actividad humana, porque ya no podemos pensarnos fuera de esta burbuja asfixiante. Un día se reventará, y seremos, por fin, libres.

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"Al perro que tiene dinero se le llama señor perro", proverbio árabe

lunes, junio 15, 2009

L'enthousiasme



1. La campana sonaba, y los niños, incluido yo, salíamos a todo correr de aquella insufrible prisión llamada escuela primaria. Por esos días me iba sin esperar a nada, ni a nadie. Sólo tenía que recorrer un par de cuadras, sacar la llave y abrir la puerta de la casa de mis abuelos. A esa hora, nadie había llegado aún. Así que dejaba mi mochila en alguna recámara, y con el corazón a punto de salírseme del pecho, abría los cajones del clóset de mi tía la menor, y sacaba el libro que, por alguna razón, leía en secreto. Tal vez porque era algo demasiado íntimo para compartir. El primer libro que leí.

2. Aprender a tocar guitarra fue una experiencia sin igual. Pero, el día que me percaté que ni mi dedicación ni mi talento natural me permitirían llegar demasiado lejos como músico de tiempo completo, decidí utilizar mi capacidad intelectual para ayudar a los músicos a sonar bien, y estudiar ingeniería en sonido. Esa carrera, si existía, no estaba en la Universidad de Guadalajara, pero aún así, quería irme. Cuanto antes. En parte porque sería más fácil que me admitieran en esa escuela terminándola allá -esa fue la versión oficial-, y en parte porque me fastidiaba que me estuvieran jodiendo con cortarme el pelo. Así que un buen día, lo decidí: me iría a Guadalajara.

3. El amigo de mi padre me esperó en el centro. Tomamos un taxi, de esos dorados que iban a Otay, e hicimos el recorrido en silencio. Hablamos de su trabajo, de mi escuela, y de otras vanalidades. Evidentemente, aquel hombre sólo estaba ahí por la legendaria amistad que, en otros tiempos, muy lejanos, había mantenido con mi papá. Pero no me importaba molestar. Nos bajamos una esquina antes, él quizá no se dio cuenta, estaría un poco desorientado. Caminamos por la avenida de los ingenieros, casi hasta el final de la calle, donde vivía su amigo, el Coronel. Pero el Coronel sólo rentaba cuartos para mujeres. "Pero aquí enfrente rentan", dijo. Así que fuimos. Un señor anciano nos abrió la reja verde. Nos mostró la habitación. Pequeña, con una ventana que daba a una pared, cama y buró, agua caliente y espejo en el baño. Estaba decidido. Ese sería mi nuevo hogar.

4. Después del gimnasio, Mónica y yo desayunamos en el comedor de la escuela y fuimos con Escalante. Eran casi las once. Escalante sacó de un rincón un pesado maletín negro, lo abrió y me mostró su contenido: una sony dvcam con micrófono, audífonos, gran angular, tripié, cargadores y tres baterías de 6 horas. Me brillaron los ojos. Pensar en sentirla de nuevo, en jugar con las imágenes. Capturar la imagen es todo un reto, pero el trabajo de edición... Eso es lo que en realidad me entusiasma. Eso, y comenzar mi formación como antropólogo visual.

lunes, mayo 11, 2009

No es una mujer (parte tres)



La ciudad parece asfixiarse bajo los miles de transeúntes en las calles del centro, pero quien tuviera una buena vista aérea de la zona y se sorprendiera, debería prepararse para descubrir los rinconces subterráneos, los anchos y calurosos pasillos, repletos, del metro. A esta hora, todos avanzan en una misma dirección, esa que los aleja del centro, sólo unos pocos, que necesitan hacer un rodeo porque el transporte hasta sus casas no es directo, permanecen en el andén del otro lado. Pero de este en el que estamos, no cabe un alma. Los policías, alertas, bloquean el paso de los hombres, excepto de aquellos mayores de 60 años, hacia los dos primeros vagones, aunque quién les asegura que entre éstos no va ningún rabo verde irrespetuoso que aprovechará su condición decrépita para tocar algo de carne fresca. Nadie puede asegurarlo, así como nadie asegurará que esta mujer que va pasando frente al policía, y que no se limita a pasar, sino que lo mira, le guiña un ojo y lo pone a sudar, no es, por ningún lado, excepto en la ropa y el maquillaje, una mujer, sino un hombre llamado Hugo Estrella. Se va hasta el principio del andén, se detiene detrás de una mujer con un perfume encantador, alta, rubia, como pocas, es lo bueno del centro, hay muchas ejecutivas. Ya viene el tren. Está repleto, pero en estos vagones de adelante aún queda un poco de espacio. Las puertas se abren, y la masa se avalancha violentamente tratando de entrar, pareciera que este es el último tren de la historia, que todos los que queden detrás se quedarán atrapados ahí por el resto de sus días, por eso se desarrollan estas batallas furiosas en los demás vagones, no en estos dos, llenos de mujeres educadas y civilizadas.

De inmediato a Hugo Estrella le llega el olor del sosiego. Las mujeres respiran tranquilas y emiten esos vapores muy particulares que se encierran en el minúsculo espacio del vagón. A veces piensa que podría ser un súper héroe con ese olfato que tiene, puede percibir hasta el más mínimo cambio en la atmósfera, pero no hay ningún olor que se le aproxime a este. Pero su máximo placer lo alcanza al trastocarlo, al arrebatárselos presionando contra sus muslos los genitales y frotándose con suavidad, con disimulo, sintiendo en la piel del pene el sublime roce del encaje de los calzones que trae puestos. No sabe cómo había podido vivir sin eso hasta ahora. Vestido de hombre no era lo mismo. Además, el olor de perdía, las mujeres, al verlo, comenzaban a apestar, a sentirse intranquilas, vulneradas. Pero con este disfraz, sobre todo con la ropa interior, las sensaciones se magnificaban ad infinítum.

Así que avanzó entre las faldas y las bolsas, entre los tacones y las medias, mordiéndose el labio, volteando los ojos, eyaculó una vez y se detuvo, alguna de estas mujeres lo miró extrañada, estuvo tentada a preguntarle, Señora, se encuentra bien, al ver a Hugo Estrella agachando la cabeza, tocándose de aquella manera el pecho, parecía que tendría un ataque, pero no, ya se recupera, seguro es el gentío, si ella tuviese su edad estaría igual, y a veces bastan estos años para desesperarse. Cuando mira a su alrededor, Hugo Estrella mira a esta mujer, quien le hace un gesto de complicidad, Se habrá dado cuenta, se pregunta, pero no puede llegar a ella, es imposible, así que no le da importancia, si sabe algo que lo demuestre, sigue su camino. Un orgasmo más, dios, esto es la gloria, llega al final del vagón, con las piernas temblándole, y sale al andén en la siguiente parada, ha sido suficiente por hoy, mejor será ir a casa, aunque no tiene prisa, tal vez sea sensato pasar por una cerveza antes, al fin y al cabo, nadie lo espera, su familia lo ha abandonado.

En esta estación casi no ha bajado gente, pero Hugo Estrella necesita desesperadamente aire fresco. Sube las escaleras y se queda de pie en la esquina. Al otro lado de la calle, observa a un policía de una casa de empeño que lo mira fijamente. Qué me ve ese cabrón, está a punto de sacarle el dedo cuando siente un golpe. Casi cae al suelo, pero se recupera, alguien está jalando su bolso, el bordado, Hugo Estrella se niega a soltarlo, mira nada más, Lo que me faltaba, un cabrón ratero, le dice, el joven ladrón lo mira sorprendido por la voz rasposa y grave, pero tampoco suelta el bolso, si ha arriesgado tanto, tiene que luchar por él, un bolso así de grande debe contener algo más que basura, seguro trae los recuerdos de toda una vida, le tira una patada, Hugo Estrella la recibe sin inmutarse, Vas a ver cabrón de mierda, y jala el bolso con más fuerza, atrae al joven ladrón y le propina un severo golpe en la nariz, el bolso, herido, se desprende de la correa, cae al suelo, rasgado por la mitad, y derramando su interior por la banqueta, al mismo tiempo que la sangre del joven ladrón.

El policía ha tardado en reaccionar, pero al fin se ha decidido. Si ha dejao su puesto de vigilancia es por ir a defender a una ciudadana, como es su deber, aunque no sea cliente de la casa de empeño, los jefes sabrán comprenderlo. Detiene al joven ladrón por la camisa, le da un sermón, orgulloso, A que no te lo esperabas, verdad, toparte con una mujer tan valiente. Hugo Estrella, alarmado, se apresura a recoger sus cosas y a meterlas de nuevo en el bolso, hace como puede, otro policía, el de la estación del metro, llega y ayuda a su colega, Señora, se encuentra bien, Hugo Estrella no quiere hablar, no puede hablar, ha hecho intentos por disimular la voz pero sabe que no es suficiente, cualquiera sospecharía, trata de cerrar la fisura del bolso, pero es imposible, es demasiado grande, Le voy a conseguir una bolsa de plástico para sus cosas, le dice uno de los policías, Le dio un buen chingazo a este hijo de puta, le dice el otro, mientras detiene los ojos alborotados para mirarlo, trae un corte de pelo extraño, sus manos no llevan las uñas pintadas, el sudor le ha corrido el maquillaje y con esta luz pareciera que se le nota la barba crecida. No puede ser, piensa el policía, entonces ve al otro llegando con la bolsa, le entrega al joven ladrón, toma la bolsa y se agacha para ayudar, la mujer parece nerviosa, con la mano le hace señas de que la deje, de que ella puede sola, pero el policía insiste, y recoge del suelo una camisa de hombre, arrugada que lucha por salirse del bolso, la mujer, apurada, trata de cerrar el agujero y se levanta, pero fracasa, y todo el contenido vuelve a caer en la banqueta. Toda una caja con maquillaje, rastrillo y desodorante, pantalones, y unos zapatos de hombre, además de otras prendas interiores femeninas. Qué es todo esto, pregunta el policía, y entonces le mira el rostro, el sudor ha corrido el maquilaje, la barba ahora es evidente. Usted no es una mujer.

En el interrogatorio, Hugo Estrella, acorralado, no tuvo más remedio que pedirles que no lo desnudaran, y que si lo hacían, no le quitaran los calzones, que los necesitaba. Aunque sea déjenme algo, les dijo a los oficiales, quienes, burlones, le dijeron, Sí, pendejo, también te vamos a dejar la peluca, para que te vean los periódicos, pinche pervertido. Hugo Estrella parecía resignado, como si hubiese sabido desde siempre que así terminaría todo. En la celda donde esperaba a los medios, se tocaba la entrepierna y frotaba sus genitales en los calzones de su mujer. Al menos, había sido más listo que todos ellos. Los oficiales vinieron al siguiente día, muy temprano. Lo sacaron a rastras, le dieron unas cachetadas y luego lo llevaron a la sala de prensa. Hicieron la recomendación de publicar su foto para que, si alguien lo reconocía, lo denunciara cuanto antes, ya que si no, tendrían que dejarlo libre. Al escuchar esto, Hugo Estrella empezó a sonreír. Los reporteros lo fotografiaban sin parar, esa era un imagen suficiente para la portada. El oficial a cargo se exasperó, le gritó, Por qué sonríes, carajo. Pero Hugo Estrella no respondió. Sólo pensaba, para sus adentros, que después de todo, se había salido con la suya.

(FIN)

martes, mayo 05, 2009

No es una mujer (parte dos)


[Imagen tomada de http://www.rtp.gob.mx/imagenes/atenea_6.jpg]


Ha sido un gran acierto del gobierno, desde el punto de vista de esta mujer que viene casi dormida de pie, sujetándose del mismo tubo pegajoso al que otras tantas mujeres vienen sujetadas, destinar autobuses al uso exclusivo de personas de su mismo sexo y condición, mantenerlas a salvo de los hombres, que son todos unos cerdos, al menos ahora puede sentirse segura, a bordo de un autobús rotulado con letreros rosas y flores que versan, Programa de Transporte Público para Mujeres Afrodita. Sobresaltada, se da cuenta que se acerca el momento de bajar, si no hace la parada aquí el chofer no la bajará hasta seis o siete cuadras adelante, así que reacciona con violencia, se abre paso entre las cabezas y los cuerpos, Con permiso, permiso por favor, toca el timbre, el chofer frena bruscamente, todas se tambalean pero ninguna cae, se mantienen, firmes, en sus lugares. Sólo bajan dos, el autobús cierra la puerta trasera y continúa su camino, las mujeres que bajaron no se volverán a encontrar, una va en una dirección, la otra en la opuesta, ni siquiera se han mirado.

La mujer camina las tres cuadras que separan la parada del camión de su casa. Los tacones la están matando, siente su cuerpo sucio, por el polvo de la ciudad, por el sudor del calor, necesita con urgencia un buen baño. Sus hijos deberían estar en casa, ya no son horas para que anden en la calle, sólo espera que la mayor sea tan responsable como para encargarse de sus dos hermanitos, pero con ese novio que trae, No me gusta nada, nada, pero qué le va a hacer, alguien le ha dicho que a nadie le gustan los novios de las hijas, menos las novias de los hijos, pero hay que resignarse, con mantenerlos vigilados bastará, nada más le pide a dios que no resulte embarazada, Soy muy joven para ser abuela, dice. Y su marido, quién sabe si llegó o no, desea que no, pero tampoco se le ocurre qué tanto puede estar haciendo en la calle, no cree que den entrevistas de trabajo tan tarde, Mejor ni le pregunto, es muy orgulloso, ha de estar apenado por ser mantenido por su mujer, y ella, a estas alturas, ya está hartándose, No me casé para esto.

Busca en su bolso las llaves, nada más falta que se le hayan olvidado, no tiene tan mala memoria, sólo es el temor de todos los días, haber dejado el foco prendido, las llaves pegadas, la puerta abierta, así somos, nunca vamos a estar tranquilos todo el tiempo. Entra. El pasillo está oscuro, pero las escaleras son iluminadas por la luz que llega de arriba, del número cinco, entonces sí hay alguien, Más les vale, canijos, piensa y sonríe, le da gusto, quizá esta es la mejor parte del día, antes de llegar a la casa, abrir la puerta y ver el desorden monumental que le han hecho sus hijos, nunca va a poder mantener la casa limpia aunque sea un día, entonces empiezan los corajes, pero aquí, en el pasillo, antes de subir la escalera, sabe que no ha pasado nada malo, y es feliz por un instante al día.

Tal y como lo esperaba, sus hijos menores juegan videojuegos en la sala, su hija mayor, en el cuarto, besuqueándose con el novio mientras un dvd se reproduce en la tele, Mira nada más, desvergonzados, la mujer le da al novio un golpe en la cabeza y lo saca de la casa, Órale, para su casa, chamaco, el novio sale, sonriendo, y desde la puerta, le tira un beso a su cómplice, para luego desaparecer, sólo tiene que cruzar la calle y estará a salvo en su casa, la hija, por su parte, se hará la indignada y luego bromeará al respecto, la mamá no se preocupa tanto, son besos inocentes, mientras no los encuentre desnudos en la cama todo irá bien, aunque a veces piensa, Y si lo hicieron mientras yo no estaba, pero descarta la idea, no se atreverían, después de todo, le ha inculcado los valores correctos a su hija. Luego de medio poner las cosas en orden, la madre pregunta si nadie llamó en su ausencia, y el hijo de enmedio responde que sí, que le hablaron a su papá, Quién, No sé, una señora, No te dijo para qué, Sí, que por un trabajo. Y hay un mensaje en el buzón, dijo la hija mayor, tratando de redimirse de su delito y demostrando que es tan capaz como su hermano de poner al tanto a su madre. Ella alzó la bocina, marcó las claves correspondientes, y escuchó, Este es un mensaje para el señor Hugo Estrella, le estamos llamando de Empresas Industriales, nada más queríamos saber qué había pasado con la entrevista que concertamos, ya que usted no se presentó y nos preguntábamos si le gustaría reagendarla para otro día, esperamos su respuesta a nuestros teléfonos, de diez a dos y de cuatro a seis por favor, con la licenciada Aurora, a sus órdenes, gracias.

La mujer, desconcertada, colgó la bocina. Esta había sido la entrevista que ella misma le había conseguido, y si no se había presentado, entonces dónde carajos había estado su marido todo el día, qué había estado haciendo, por qué le hacía perder el tiempo de esta manera. No le iba a preguntar. Una hora más tarde, cuando su marido llegara con aliento alcohólico, ella sabría que no había hecho el mínimo esfuerzo por encontrar un empleo, que se había pasado la tarde vagando por ahí con sus amigotes, y que si le decía algo, aunque fuese una insinuación, su marido se pondría violento, le gritaría a ella y a los niños, y no tenía humor para peleas, mejor esperar hasta mañana, ya dios dirá.

Cenaron en silencio, y el marido se fue a dormir sin dar las buenas noches. La mujer lavó los trastes y prendió el calentador, dispuesta a tomar una buena ducha antes de acostarse. Para no entretenerse en la mañana, sacaría desde ahora la ropa que se pondría para el trabajo. Una falda azul marino, una blusa color crema, su brasier blanco y esos calzones de encaje que tanto le gustaban. Todo fue bien, excepto los calzones. No estaban. Buscó y rebuscó en todos los cajones de la cómoda, pero faltaba justo esa prenda. Y no sólo esa. La segunda opción, unos sin encaje pero de una tela muy suave, también faltaban. Estaba segura que los había lavado la última vez. O quizá se habría confundido. El marido, desde la cama, roncó, Mujer, qué es ese escándalo, hombre. La mujer fue a revisar el cesto de la ropa sucia. Tampoco estaban ahí. Si no los encontraba, se volvería loca. Sus calzones no podían desaparecer y ya, tenían que estar en algún lugar. Buscó en los cojines de la sala, debajo del comedor, en el cuarto de los niños, quizá su hija los habría tomado prestados, aunque dudaba que le gustaran o que le quedaran, entre los calcetines, en la ropa limpia que estaba todavía extendida sobre una silla, ahí al lado estaba la bolsa esa que su marido se ha estado llevando estos días, una bordada con flores y pájaros, la tiró por accidente cuando revolvía el sillón, estaba muy pesada, Qué tanto traerá aquí, no pudo evitar la curiosidad, la abrió.

Mientras sacaba un objeto tras otro su espanto llegaba a niveles insospechados. Pero al menos, había encontrado sus calzones. Lo dejó todo en su lugar, furiosa. No iba a despertar al marido. Mañana llamaría al trabajo, diría que está enferma, y lo agarraría con las manos en la masa, aunque le costara creer lo que sus ojos vieran.

Él salió a las siete en punto. Ella esperó tres minutos y fue tras él. Los niños ya se habían ido a la escuela, así que no tuvo que dar explicaciones a nadie. En el camino llamó a la oficina, le dijeron que no había problema, pero que le tenían que descontar el día. Era de esperarse. Su marido entró en la estación del subterráneo. Ella detrás. Dos estaciones y bajó. Entre tanta gente, él jamás se daría cuenta de que estaba siendo seguido. Salió a la calle y caminó hacia el este, tres cuadras. Había unos baños públicos, se llamaban Sandoval, donde el marido entró sin dudarlo. La mujer esperó unos minutos antes de entrar. Que se sienta seguro, que crea que está a salvo. Entonces entró. Le preguntó al encargado, si no había visto a un señor bajo de estatura, gordito, calvo y que llevaba un enorme bolso bordado con flores y pájaros. El encargado dijo que sí, que había pagado un baño individual. Es que mire, le explicó la mujer, quiero darle una pequeña sorpresa. Oh, entiendo, dijo el encargado, aunque la verdad era que no entendía, y le dijo, Es al fondo del pasillo, a la izquierda, la tercera puerta. La mujer le guiñó el ojo.

Ya era mediodía cuando el marido todavía seguía gritando en la puerta del número cinco. La mujer había llamado a la hija mayor, que recogiera a sus hermanos y que la viera en la central de autobuses. Llenó dos maletas con toda la ropa que podía cargar. Tomó un desarmador y abrió, al fin, la puerta. No me toques, pendejo, le dijo a su marido, amenazándolo con su improvisada arma, Me voy a ir, le dijo, me voy a llevar a los niños y más vale que no nos sigas porque te echo a la policía, cabrón. El marido dejó de intentar hablar. Bajó los brazos, se hizo a un lado, resignado. La mujer tomó las maletas y pasó. Antes de empezar a bajar la escalera, se detuvo, abrió una maleta y sacó un par más de calzones, rojos, y se los aventó en la cara. Quédate con mis calzones, pervertido. Salió de la vecindad y paró un taxi. Se fue llorando de rabia. Su madre, al verla al día siguiente en el umbral de la puerta, le diría, Ya te habías tardado, hijita, te habías tardado.

[Continúa]

viernes, mayo 01, 2009

No es una mujer (parte uno)


[Imagen de http://brothermk1.blogspot.com/2007/03/freakshow-tanda-2.html]

Pintarse el borde de los ojos, hasta ahora, ha sido lo más difícil, pero un estúpido lápiz negro no lo va a detener, no después de haber revisado detalladamente los rostros de las modelos en las revistas de moda y glamour, no después de interrogar misteriosamente a su esposa, Este para qué sirve, cómo te pintas ahí, y para salir airoso, elogiarla, Es que siempre quedas muy guapa. Hay que otorgarle mérito, para ser la primera vez, no está tan mal, el rubor no se ve exagerado, las sombras están en su punto, el lápiz labial, bueno, parece que lleva haciendo esto toda la vida, y eso que las luces, densas y pesadas, de este baño individual que pagó no ayudan en lo absoluto, ni el espejo embarrado, ni el intenso olor a cloro. Se mira el rostro en el espejo, sonríe con malicia, si ese policía se hubiera dado cuenta de con quién estaba tratando, le habría merecido un poco más de respeto, carajo, sacarlo así, a rastras, del andén, con toda la gente mirando, no hacía caso a su Suélteme, yo puedo solo, no, no le dejó ni un poco de dignidad, habrá pensado que se enfrentaba a un degenerado sin cerebro, a uno de esos sujetos que sólo se dedican a sentir placer, en lo desconocido o en lo conocido, en lo arriesgado o en lo seguro, pero se equivocaba, a Hugo Estrella no le interesa el placer por el placer, sino ganárselo, y pensar, al final del día, Que bien lo hiciste hoy, carajo, y responderse, Y mañana irá mejor, vas a ver.

Toca el turno a la peluca. Le ha costado trabajo conseguirla, jamás imaginó en qué negocio harían cosas de estas, jamás pensó que tenía que combinarla con su tono de piel, buscar la medida, la forma del rostro, para que pareciera natural, Para que de verdad parezcas una dama, le dijo la encargada de la tienda, o el encargado, quien quizá había tenido más éxito en la labor que ahora absorbía a Hugo Estrella. Se acomodó la redecilla, suspirando al recordar los suaves perfumes de las féminas, encerrados en un vagón de metro, respirando ese aire de tranquilidad que sólo tienen allí, todas ellas, juntas, creyéndose a salvo de las manos sudorosas de los aprovechados, es la única manera en que adquieran tan particular encanto, los músculos descansados se tensan levemente al creer sentir algo duro encajándoseles en las nalgas, Hugo Estrella no sabe qué pensarán, es un celular, un bolso, una uña postiza, qué sé yo, esa mujer que lo delató, alta, usaba lentes, le podía ver el rostro en el reflejo del vidrio de la puerta, las cejas depiladas, los labios rosas, cerrados, la frente amplia, era una verdadera mujer, exhalando por sus poros esa sensación que se disipó cuando ella también alcanzó a verlo en el reflejo del vidrio, su gesto se endureció, furiosa, gritó, Hijo de puta, y lo tomó del cuello y cuando la puerta se abrió, al llegar a la estación, lo llevó directo al policía que vigilaba la línea que separaba los vagones exclusivos para mujeres del resto, mientras le gritaba, Pervertido, creíste que me iba a quedar callada, no elegiste bien a tu presa, cabrón, ahora sí vas a ver.

Llamaron a su mujer, por lo visto, al policía lo único que le interesaba era humillarlo públicamente, por eso iba gritando por los pasillos, Ahora sí te agarramos, pervertido, vas a ver cómo te va a ir, por quererte aprovechar de inocentes mujeres, por manolarga, la gente volteaba, lo miraban con asco, no concebían que un ser de esa naturaleza existiera todavía, algunos se referían al policía cumpliendo su deber, pero la mayoría, al gordo aprovechado y pervertido. Hugo Estrella sonreía mientras pensaba, Si supieras, pendejo, que no soy quien tú creíste. No era de los que se daban por vencidos, ni de los que aprendían su lección. Al contrario, ahora era un reto, más divertido, más excitante, burlar a la seguridad, encontrar la manera, y dentro de poco, conseguiría el éxito, ya sólo le faltaba acomodarse el vestido, ponerse las medias y los tacones, y vencería.

La esposa de Hugo Estrella llegó dos horas después. Le dio un sermón sobre los valores y el esfuerzo que ella hace ahora que está desempleado, pero no logró conmoverlo. Cuando llegaron a la casa, nada más para que aprendiera que con él no se juega, le dio una chinga. Creyó que se iba a salir con la suya nomás porque había un policía cuidándola, pues no, que equivocada estaba, mira nomás, y luego le dijo que durmiera en la sala y que le preparara chilaquiles. La mujer obedeció, llorando. Más le valía. Nadie iba a pasar por encima de Hugo Estrella, ni la policía moralista de la ciudad, ni las mujeres estúpidas que no saben lo que es un hombre. Quién diría, que este que ve el espejo, con tacones rojos, cabellos castaños y boca encendida, era tal. Ay cabrona, que buena estás, se dijo a sí mismo, y guardando sus cosas en su enorme bolsa bordada con flores y pájaros, salió del baño público ante la mirada atónita del encargado, quien jamás se imaginó que un hombre como el que había entrado se pudiese convertir en una mujer como la que había salido, y eso que había visto bastantes cosas en su no tan corta carrera como encargado del baño público, Jamás volveré a estar seguro de nada, pensó, y cambió el canal de la tele.

La primera prueba comenzó en cuanto puso un pie en la calle. Seguro de sí mismo, caminó con paso firme hasta la parada del camión, dos cuadras adelante, tratando de no tambalerse demasiado, hacerlo como lo había practicado, tacón, punta, tacón, punta, despacio, no lleva prisa. Con excepción de algunos viejos libidinosos que se ruenían en las jardineras, nadie se fijó realmente en Hugo Estrella vestido de mujer. Era una ciudadana más, con sus problemas y sus felicidades, sus temores y sus desvaríos. Se detiene junto a otras mujeres en la banca diseñada para aguardar el arribo del autobús de transporte público, se abrasa a su enorme bolsa, un tanto nervioso, puede desde ya sentir una erección rozando la ropa interior femenina, cualquier le preguntaría, Sólo tienes que verte como mujer, no sentirte como una, para qué usas también ropa interior, a lo que él, en este momento, no podría responder, porque, a pesar de considerarse listo, y hasta brillante, acepta que, cuando alcanza este nivel de excitación, no logra llegar a razonamientos, digamos, del todo correctos, o al menos coherentes.

Ya viene el autobús. Por suerte, pertenece al programa de uso exclusivo para mujeres, Afrodita, quien lo haya bautizado habrá pensado que no podía elegir un nombre mejor o más apropiado, quién, en su sano juicio, puede objetar la comparación con una auténtica diosa del Olimpo. Viene casi lleno, con espacio suficiente sólo para que las cinco mujeres, y Hugo Estrella, aquí esperando, lo aborden. Se acerca a la puerta, cualquiera con un buen oído podría escuchar los latidos de su corazón, o cualquiera con un buen olfato percibiría el olor amargo del lubricante que ha derramado, se siente empapado, no esta mujer, que trata de meterse en la fila, es una cualquiera, que le sonríe, como si fueran cómplices, Hugo Estrella le permite pasar primero, ella dice Gracias, y ahora sabe quién será su primera víctima, esa pobre ingenua, insolente, que no alcanzó a verle la sombra de la barba bajo el maquillaje, bien elegido está el nombre, Afrodita no sólo era la diosa de la belleza, también de la prostitución. Tendrá su merecido si logra pasar al conductor, quien mira desde su asiento, recibe las monedas, las echa en la tómbola y entrega el boleto, tres veces ya lo hizo, Hugo Estrella pone un pie en el primer escalón, sin tacto alguno, abriendo las piernas, sólo piensa, Cuidado con la peluca, sube el otro pie, ya estoy arriba, la quinta mujer, esa zorra, pasa por delante del chofer, No tengo cambio, déjeme cambiar, sí, y el chofer, atrapado por sus viscosas redes, responde, Déjelo así, pásele, ándele, pásele, no cabe duda, es verdad lo que dicen de los hombres, todos son iguales. Al fin toca el turno de Hugo Estrella, la prueba de fuego, si él, que pertenece a su mismo género, no puede reconocerlo, nadie podrá. Ya llevaba las monedas en la mano, las deposita en la tómbola, el chofer baja la palanca y deja caer el dinero en la caja, luego arranca un boleto, Hugo Estrella lo mira fijamente, con los ojos llenos de nerviosismo, quizá el chofer piensa que es admiración, por lo que, al entregarle el boleto, le acaricia suavemente los dedos, y luego le guiña un ojo. Hugo Estrella casi habla, sorprendido, estuvo a punto de pronunciar un Gracias infestado de rabia, pero piensa mejor, si su disfraz es perfecto por fuera, no ha conseguido pensar en la voz, cualquiera lo reconocería por la voz rasposa, grave, que su abuelo le heredó.

Y he ahí el paraíso que le había sido arrebatado. De regreso a él, localiza a la quinta mujer de la fila, que debió haber sido la sexta si no hubiese usurpado un lugar que no le correspondía. Se las ha arreglado para irse casi hasta la puerta de bajada. No importa. El camino es largo, y será entretenido. Hugo Estrella comienza a avanzar. Diría Con permiso, pero no es tan zoquete.

[Continúa]

martes, abril 28, 2009

Veinticinco



Imagino las historias de esas personas. Jóvenes, entre 20 y 50 años. Estaban bien, paseando por ahí, discutiendo con su esposa, desayunando con unos amigos, viendo en la tele las noticias de una tal gripe porcina, y de pronto, la fiebre, la tos, el dolor de cuerpo, No me pasa nada, estoy bien, ya se me pasa, se toman una aspirina para el dolor de cabeza, una tempra para la calentura, un jarabe para la tos, no pueden creer que les esté pasando a ellos, que sepan, no estuvieron cerca de nadie que tuviera los síntomas, No puede ser influenza, no puede ser. Tres días después, cuando no aguantan más, cuando sienten que van a explotar, van al hospital, los aislan, el médico con cubrebocas lo mira como a un bicho raro, como material altamente tóxico, como si bastara tocarlo para caer fulminado en el consultorio. Es muy tarde para los antivirales, no hay nada que se pueda hacer, esa persona ha de morir, sus días, desde el que nació, estaban contados.

Y mientras nosotros, los que estamos lejos del drama que vive la ciudad en estos momentos, miramos el cielo, despejado durante el día, nublado y con ligeras lluvias y truenos durante la tarde, parece que vivimos en un tiempo diferente, que el mundo tiene los ojos puestos sobre nosotros. Nos cuidamos de los demás, cualquiera es peligroso, no más chismes en las esquinas, no más insinuaciones inocentes, ni comentarios sobre el clima. Procuramos, incluso, no mirarnos a los ojos, no acercarnos demasiado unos a otros, no tocar pieles ajenas. La gente, en el supermercado, llena los carritos con garrafones de agua, con botellas de aceite, con comida enlatada, como si se prepararan para un desastre inminente, no me sorprendería que llevaran lámparas de pilas y platos desechables.

De los rostros, azules de la nariz para abajo, sólo puede verse una expresión en los ojos, compartida, a veces más explícita, a veces oculta, pero es una sola: temor. Nos preguntamos, vamos a morir, sobreviviré, cuánto durará esta pesadilla. El temblor no fue nada. Una pequeña sacudida sin consecuencias. Y el país entero, conforme pasan los días, se va paralizando. Conciertos cancelados, concentraciones masivas dispersadas, las escuelas cerradas hasta el seis de mayo. El miedo se esparce con más rapidez que la enfermedad. Pero tienen las mismas consecuencias, por el momento, son una y la misma cosa.

lunes, abril 13, 2009

Vacaciones



1. Siempre me pasa lo mismo. Voy, estoy unos días, me divido entre la familia de F y la mía, entre mis numerosos tíos y tías y mis hermanos y padres, nunca es suficiente tiempo y siempre, al terminarse esos gloriosos días, me queda una sensación de vacío y de depresión que no me puedo sacudir tan fácilmente. Todo el camino de regreso al DF pensé, qué pasará, valdrá la pena, estaré haciendo lo correcto, y la respuesta era siempre la misma, no sé, cómo saberlo, y yo ya no tengo a nadie que me digo, Estás mal, para que me de fuerza de voluntad, para intentar demostrar, una vez más, que estoy bien. Dormía y despertaba, la película no sirvió, el chofer se dio por vencido, cuando se paró, asumió que en realidad no valía la pena poner otra, que era hora de mandar a dormir a los pasajeros, y así lo hicimos, qué más da, habrá otros viajes, veremos otras películas, a fin de cuentas, siempre son malas. Hacía frío. Y yo, pensando y pensando. Que aún quedan dos años, un poco más, para terminar la carrera, y que hasta entonces yo estaré limitado en todos los sentidos, que no podré ocuparme de mis hermanos como me gustaría. Nadie me obliga, pero yo siento que debo hacerlo. Luego miré a F. El gesto relajado, los labios entreabiertos, las piernas recogidas, dormía como un angelito. Mis dudas se disiparon en ese mismo momento. Con su apoyo, lograré todo lo que me proponga. Aunque fuese el único. Hasta entonces pude dormir tranquilo.

2. Sé que ser madre no debe ser fácil. Trato de imaginarme a mí con un hijo. Que crea en el partido de derecha, en la iglesia católica y en las instituciones del gobierno. Me mataría de coraje, si hiciera cosas que a mí no me gusta que haga. Pero sabría que estoy mal, y que la mejor manera de hacercarse no es la violencia. Sé que un padre no sirve para decirte qué debes hacer, qué es lo bueno y qué es lo malo, porque eso cada quien debe irlo descubriendo. Tampoco sirve para darte órdenes, para guiarte por el sendero correcto, para que le hagas caso en todo, para tener alguien a quien pedirle permiso. El papel de un padre, o al menos el que debería ser el papel de un padre, es acompañar, apoyar y respetar. Enseñar al hijo a encontrar sus propias herramientas para sobrevivir en el mundo. Crear un ser humano consciente, capaz, decidido, con los pies puestos sobre la tierra, que pueda confiar en ti y pedirte consejo ante un problema. Ser padre es, ante todo, ser amigo. Yo no tuve eso. Y mi hermana lo tiene más difícil, porque es todavía más rara que yo. En lo que jamás estaré de acuerdo es en la violencia. Es difícil explicarle a mi madre, y es difícil explicarle a mi hermana, porque se encuentran en polos opuestos. Pero en verdad me preocupan. Las dos me preocupan, y cada una me preocupa. Pero creo que, en este caso, es mi madre quien está haciendo todo mal. Y no sé si acepte mi ayuda.

A fin de cuentas, yo estoy lejos.

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"One day my dreams will be reality..."

miércoles, abril 08, 2009

Season finale



La escuela ha finalizado. No fue un trimestre estresante, pero sí agotador. Y ahora, como recompensa, nos vamos a Mazatlán. Unos días de relajación y playa es justo lo que necesito en este momento.

Porque sé que este mes será como un final de temporada de mi serie de tv favorita. Muchas cosas embonarán en su sitio, descubriremos cuáles son los siguientes pasos y nos pondremos manos a la obra para comenzar de nuevo. No tengo miedo, estoy entusiasmado. No sé qué pasará, pero todo será diferente. Comenzaré mi proyecto sobre vih/sida, conoceré gente, leeré nuevos libros...

Estoy entusiasmado. Tanto que no puedo escribir coherentemente.

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"They will se us waving from such great highs..."

domingo, marzo 29, 2009

Siempre he pensado



Siempre he pensado que si no quiero enterarme de asuntos desagradables o preocupantes, no debo meter mis narices donde no me llaman. Es mejor, siempre, limitarse a los asuntos propios y dejar que los demás se ocupen de sus vidas. Ser un metiche no deja nada bueno, excepto cosas en las que pensar.

Siempre he pensado que los momentos más estresantes son los más inspiradores. Depresiones, presiones y euforias son fuente inagotable de ideas creativas que, por la misma naturaleza del tiempo, son a la vez volátiles y efímeras. Toda la semana he pensado en mis trabajos finales, en que son colectivos, en que no sé por dónde comenzar, en que estoy atrasado y en que siempre pienso que no lo lograré y siempre saco cuatro MBs; y casi a la par, se me han ocurrido una cantidad de ideas para esa novela de la que cada vez me convenzo más que no terminaré de escribir jamás si jamás me siento a comenzarla. Pero por ahora, tengo prioridades, y no hay más qué hacer.

Siempre he pensado que uno y nadie más es responsable de las decisiones que toma o no respecto a sus propias vidas. Sin embargo, como seres humanos que somos, nos la pasamos echándole la culpa a factores externos. Dificultades técnicas o climatológicas, emociones ajenas y conspiraciones cósmicas son más culpables que nosotros mismos por nuestras desgracias, no así por nuestros triunfos. Cuando tenemos éxito, el mérito es mayormente nuestro. Cuando surge algo en nuestro camino, la culpa es de los demás. Por supuesto, es inverosímil y absurdo creer algo así, y sólo cuando nos percatamos de ello podemos comenzar a hacer algo para cambiarlo. No podemos, entonces, quedarnos cruzados de brazos, viendo a través de la ventanilla cómo van pasando los días y las semanas, los meses y los años, esperando por algo que ni sabemos cómo es. No podemos quedarnos supeditados a la existencia de terceras personas. Debemos ser autosuficientes, pensar por nosotros mismos antes que por los demás y aceptar que todos nuestros actos tienen consecuencias.

Siempre he pensado que la constancia es una virtud que yo no tenía, y por tanto, no me sentía con el derecho de exigirla para con los demás, pero me molestaba. Que dijeran, por ejemplo, Es que si lo quiero, y regresaran con su novio, y a las dos semanas cambiaran de parecer y volvieran a cortar. Porque yo mismo tomé decisiones inconsistentes en más de una ocasión, y me fui y regresé a mi casa en infinidad de ocasiones. Ahora, con el correr de los años, me he mantenido en una misma ciudad durante casi tres de estos periodos de doce meses, estudiando una carrera que me fascina y a la cual me quiero dedicar, dándolo todo para poder avanzar hasta el final. Creo que la madurez implica empezar a pensar en el futuro, pues que sea una dimensión temporal absurda, que de alguna manera, no existe, sabemos, porque así ha sido a lo largo de la historia, que en algún momento terminará por existir, nos alcanzará. No podemos ir por la vida esperando oportunidades. No podemos abandonar ese camino a la primera dificultad que se nos presenta, porque el futuro nos cobrará cuentas pendientes, tarde o temprano, con sufrimientos y calamidades. Y yo no estoy hecho para los sufrimientos y las calamidades, mi objetivo principal en esta vida, la única que tendré, va girando poco a poco hacia la tranquilidad y la paz. Disfruto, es verdad, de pequeñas dosis de emoción en ocasiones, pero no estoy dispuesto a hacer de mi vida una montaña rusa de incertidumbres. Si hay algo que me pone mal, es la incertidumbre. Soportar los caminos actuales, difíciles, asfixiantes, devastadores, pero con los objetivos firmes en un mejor mañana, a la usanza del Estado mexicano, el sacrificio del hoy por el después, de aguantar un poco más... Si no pensara de este modo, hacia mucho que lo habría dejado todo y me habría ido a vivir una vida llena de emociones y riesgos mortales. Pero aguanto.

Siempre he pensado que la palabrería es inútil, por eso no me gusta la filosofía. Considero que lo mejor es dejarse de cavilaciones y de pensamientos masoquistas, y ponerse manos a la obra. La última oportunidad que tuve de tomar mi propio destino en mis manos la abandoné por miedo. Pero no pasará de nuevo. Si no lo hago ahora, ¿cuándo?

miércoles, marzo 18, 2009

Ser optimista



A pesar de no tener buena memoria, me gusta mucho recordar. Porque, debido a la manera en que se desenvuelve el tiempo hasta ahora, es decir, como una espiral interminable, podemos ir, en nuestra cabeza, de un punto a otro del pasado, sin que el tiempo tenga que transcurrir. El pasado en la cabeza es como un dvd, en cambio, el resto de las dimensiones temporales, el presente y el futuro, son como una cinta de un vhs. Hay que esperar, pacientemente, a que transcurra cada uno de los momentos, de los días, de los meses, para conocer qué pasará con nosotros.

Pensar en el futuro me provoca una gran ansiedad. Porque estoy nervioso. Que todo esto no valga la pena. Que después de todo, termine la carrera, me fastidie y no haga nada de lo tenga planeado, o que lo intente y lo arruine. Por eso estoy convencido de que es mejor no pensar. No imaginar, no especular, de cualquier forma, no sirve de nada. La vida está hecha de decisiones, tomándolas modificamos el curso de nuestras existencias. No decidir, en el fondo, también es una decisión, pero yo estoy determinado a aprovechar las oportunidades, todas y cada una. No, no quiero estudiar el acceso a la justicia de los pueblos indígenas, a pesar de ser un valioso conocimiento, estoy interesado en otros temas que considero más intrigantes y que me apasionan en una forma distinta; pero, si llegado el momento, tengo la oportunidad de involucrarme, no la desaprovecharé.

Todo el mundo busca destacar, sobresalir, ser más que los demás. No soy el único, no soy el mejor ni el más preparado. Pero todos tenemos derecho a esforzarnos, a intentarlo y, sobre todo, a hacernos ilusiones. Prefiero ser optimista, pero hay ocasiones en que no puedo mantener los pensamientos de ese tipo durante un periodo más o menos prolongado de tiempo.